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El grito de mamá

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Era una noche oscura, sin Luna, sin viento, profundamente tenebrosa, en un pequeño pueblo marítimo del sur de Inglaterra. La pequeña Alice vivía con su madre Joan a solas, se tenían la una para la otra. Su padre, a quien no recordaba en absoluto, hacía mucho tiempo que había desaparecido más atraído en las faldas de otras mujeres que en las de su propia esposa. Nunca había regresado.

Mientras mamá preparaba la cena, Alice se dedicaba a peinar a sus muñecas. Era un juego que le encantaba. Tenía muñecas de todos los tamaños, de todas las formas, princesas, chicas fashion, modelos… todas eran encantadoras.

Alice peinaba con detenimiento las muñecas mientras en el piso de abajo su madre preparaba unas patatas fritas a la sartén con la televisión puesta. Le gustaba tener siempre la tele encendida, porque decía que le daba compañía mientras la pequeña Alice jugaba a solas.

De repente, hubo un fugaz apagón, la bombilla de la habitación de Alice se apagó durante dos segundos y recobró su fuerza luminosa al instante. Abajo, la televisión dejó de funcionar, la luz regresó pero no se oyó ningún ruido. Alice esperó unos segundos más y oyó cómo un vaso se estrellaba contra el suelo. Se levantó de repente y preguntó:

  • ¿Mamá? ¿Estás bien mamá?

Esperó de nuevo un par de segundos más. Nada. Silencio absoluto. Cuando Alice se dispuso a bajar oyó el grito desgarrador de mamá.

  • ¡AAAAHHHH!

Alice se quedó totalmente congelada. Su madre, la fuerte mamá protectora que siempre le cuida, gritaba de auténtico terror. Antes de que pudiera reaccionar oyó de nuevo su grito.

  • ¡Alice, baja deprisa! ¡Alice, ayúdame por favor! ¡Alice!

Ante la llamada de auxilio de su madre, Alice corrió escaleras abajo. Pero todo estaba a oscuras, la luz no había vuelto como en el piso superior. Mamá debía estar en la cocina y se dispuso a caminar hacia allí cuando, de repente, una mano le tapó la boca y un brazo cogía su menudo cuerpo y lo arrastraba al armario del descansillo, donde se cerró la puerta.

En la cocina, el grito se repetía:

  • ¡Alice, baja deprisa! ¡Alice, ayúdame por favor! ¡Alice!

Pero Alice ya no estaba preocupada por mamá. Porque ahora estaba con ella. Se giró y vio la cara de su madre preocupada señalando con el dedo índice sobre los labios que mantuviera silencio. Y silencio mantuvo, mientras se preguntaba ¿quién o qué gritaba desde la cocina con la misma voz que mamá?