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El lago eterno

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Navegar nunca me ha hecho mucha gracia. Una vez, de pequeño, mi padre me llevó en su vieja barca al lago que teníamos en nuestra villa de verano y cuando estábamos justo en el centro del este me resbalé y caí al agua.

Como no tenía ni idea de nadar, comencé a gritar como un loco para que mi padre me rescatase. Éste se zambulló en el agua y consiguió agarrarme de la camiseta. Recuerdo que el agua estaba helada, como si te atravesasen con millones de clavos de faquir por todo el cuerpo. Allí, cuando es verano, es el mundo al revés: el lago está helado y los árboles pelados.

 

 

Mi padre se esforzó para sacarme rápidamente de allí. Tiró de mi brazo, y aunque me dolió a horrores, consiguió sostenerme con una mano mientras con su otra mano se agarraba a la barca. De repente, recuerdo perder el conocimiento y comenzar a oír voces, como aullidos y sonidos roncos. No sé cuánto tiempo llevaba sin sentido pero desperté en un sitio exacto al lago, con la diferencia de que todo era de color rojo. El cielo parecía pintado de rojo, el agua parecía vino tinto y los árboles se retorcían como si poseyesen un lamento constante.

Es extraño, porque ya no recuerdo nada más de mi ser consciente, y sigo pululando por este lago desde hace muchos días, pero tampoco sabría decir cuántos. No tengo hambre, ni sed, y tampoco veo a mi padre ni a mi madre – ¿he tenido alguna vez una madre? Tampoco lo recuerdo, la verdad–. No siento miedo, ni rabia, ni dolor. Ya no me duele la piel, ni siento ese frío invadiendo mis extremidades. No sé qué son todas estas monedas, aquí tiradas, ni quién es ese señor tan delgado que rema día y noche en la proa de nuestra barca. ¿Será mi padre? No lo sé, cada vez que intento acercarme a él y mirarle a la cara, esta sigue girada y nunca puedo vérsela. Es como el lado oscuro de la Luna.