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El sonido de las campanas

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Adolfo siempre fue una persona muy solitaria, y aunque le gustaba conocer lugares nuevos y relacionarse con otras personas, lo cierto es que por alguna extraña razón nunca consiguió mantener una amistad duradera. Quizás se debía a su temperamento o directamente a que no llegaba a encontrar la persona adecuada con la que congeniar.

Esa fue quizás la razón por la que finalmente decidió olvidarse de las amistades y se dedicó a sacar el máximo tiempo posible para ir conociendo los lugares más asombrosos que había en su entorno.

Ya llevaba varios años viajando y conociendo los rincones más bonitos de su país, pero hacer estos viajes solo comenzaba a ser algo aburrido, además de que al llegar a casa no tenía a nadie con quien compartir estas nuevas experiencias.

Un día acudió a un viejo pueblo que llevaba abandonado desde el final de la Guerra Civil, un lugar que sorprendía no ya sólo porque había quedado alejado de la mano del hombre hacía ya muchos años sino también por su aspecto ruinoso y la sensación de que todos aquellos que fueron fusilados todavía permanecían allí en espíritu.

Y esto lo empieza a creer cuando cada vez que llegaba oía el sonido de las campanas, apenas unos minutos antes de entrar con su coche a la calle principal. Al principio pensó que se trataba simplemente del viento que mecía la campana, pero no tardó mucho en dirigirse a la torre de la iglesia y observar que realmente era imposible que la campana sonase, puesto que la cuerda se había acabado rompiendo y la campana estaba depositada en el suelo.

Fue en ese mismo instante cuando se dio cuenta de que por fin había conseguido encontrar a los verdaderos amigos que siempre había estado buscando.