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Golpes en el armario

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Laurita era una niña muy divertida y aventurera. Estaba emocionada porque sus padres habían decidido mudarse del piso de la ciudad a una casa en las afueras. Ahora tendría más espacio en su habitación y un barrio con niños de su edad, ya que en la ciudad apenas podía salir de su piso.

Cuando llegó a la nueva casa le encantó todo lo que encontró en ella, incluida su habitación. Era grandísima, de forma cuadrada, con una cama enorme (mucho más que la de su piso anterior), un par de baúles donde meter juguetes y un gran armario de madera al fondo donde pensaba guardar toda su ropa de ahora y de cuando fuera mayor. ¡Laurita siempre soñaba con ser mayor!

Aún emocionada, los padres de la niña le mandaron irse a dormir en cuanto terminó su cena. Laurita no creía que podría dormir de lo emocionaba que estaba con su nueva casa y su recién estrenada habitación, pero obedeció a sus padres y se acostó en la cama.

Cuando el sueño ya comenzaba a llegarle, oyó unos ruidos huecos procedentes del armario. Laurita tenía miedo, pero era lo suficientemente mayor como para saber que si llamaba a sus padres no le creerían, así que se levantó de la cama y, muy despacio, se acercó al armario.

Los golpes en el armario continuaban, pero ella seguía avanzando hacia él, aunque las piernas comenzaban a temblarle de los nervios. Abrió de un movimiento las dos puertas del gigantesco armario, pero no vio nada. Todavía no había metido la ropa y el armario estaba vacío. Creyó que se trataba de su imaginación y volvió a acostarse.

Sin embargo, a los pocos minutos volvió a oír los golpes. Esta vez corrió al armario y abrió lo más rápido posible, pero por mucho que miraba adentro, no conseguía distinguir nada que hiciera esos ruidos.

Hasta que miró hacia abajo.

Allí estaba un pequeño ser, con alas, que parecía que se había enganchado con una pieza del armario. Laurita le ayudó a salir y el hada comenzó a volar hasta su cara. La niña empezó a tener miedo, pero el hada le tranquilizó con una sonrisa. La niña le había salvado y, a partir de ahora, iba a ser su hada madrina. El miedo y el susto de los golpes en el armario, al fin y al cabo, habían valido la pena.