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La acequia y el viaje a ningún sitio

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Alberto siempre salía por la mañana bien temprano y volvía muy tarde porque pasaba el día cuidando su huerto para poder dar de comer a su familia. A partir de las cinco ya estaba de pie y salía con sus viejas herramientas para comenzar su jornada laborar. Fueron transcurriendo los años y siempre era la misma monotonía.

Una mañana se levantó y pudo apreciar que hacía mucho menos frío del que acostumbraba a hacer por aquellas fechas, algo que le vendría muy bien porque hoy le tocaba regar los campos.

Al llegar a la acequia vio una mancha negra en su interior. Le extrañó bastante porque sólo hacía unos meses que la habían limpiado. El caso es que conectó el motor y empezó a extraer el agua hacia sus plantas.

Cuando la noche fue cerrándose, Alberto decidió volver a casa, pero al entrar, volvió la vista atrás y pudo ver un haz de luz que salía de la acequia hasta el cielo. No le dio la mayor importancia, y pensó que la razón era que estaba muy cansado, y es que Alberto, algunas veces, llegaba a ver cosas que no existían.

Al día siguiente salió de nuevo, y se encontró con la desagradable imagen de que su cosecha había sido completamente diezmada. Se acercó a la acequia y vio que ya no estaba la mancha negra, pero sí quedaban otras manchas aleatorias que se movían sin parar. Nada más darse la vuelta, estas manchas salieron de la acequia y se engancharon a su espalda sin que él pudiera hacer nada… y ahí yacía el cuerpo de Alberto, sin haber tenido tiempo a saber qué era lo que ocurría.