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La luz

Circulando una noche cerrada de verano, cerca de la medianoche, por una carretera estrecha y muy poco transitada de la campiña andaluza, entre miles de olivos centenarios, con su vehículo familiar en el que viajaban además de mis abuelos, mis tres tíos, les ocurrió algo difícil de explicar.

De repente, se hizo de día, una gran luz que parecía estar justo encima de ellos, iluminó todo el campo. Era tal la intensidad, que todos los rincones hacia donde dirigían la mirada se veían como si el mediodía se tratase. Se había hecho el día en plena noche.

Llenos de terror, mi tío pisó a fondo el acelerador y según sus palabras, “corrió como nunca antes lo había hecho”. Pero era inútil, la luz seguía encima de ellos. Curva tras curva, daba igual lo que corriese, estaba allí, inalterable. Sólo momentos antes de tomar la última curva antes de llegar al pueblo, la luz desapareció de golpe. Y el cielo azul inmaculado se tornó en la noche más oscura que se puede imaginar.

Desde ese momento, todos perdieron el habla y la vitalidad que les caracterizaba. En los próximos días, todos los pasajeros de ese coche empezaron a enfermar poco a poco…