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¡No se te ocurra jugar con la ouija¡

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Sara era una chica bastante corriente. Sin embargo, sentía una gran fascinación por todo tipo de juegos relacionados con lo oculto como era el propio caso de la denominada como ouija.

Un viernes, decidió que era el momento de quedar con varias de sus amigas de la facultad donde estudiaban para iniciarse en el juego de la ouija. No obstante, lo que ni ella misma, ni tampoco sus propias compañeros conocían, es que aquello que para ellas era simplemente un juego, se tornaría en su contra con el transcurso de las sucesivas semanas.

Una semana más tarde, el carácter de Sara se fue haciendo cada vez más rudo, su manera de vestir también cambió y las personas de su entorno, empezaron a percatarse que algo había cambiado en la joven desde una semana atrás. Al mismo tiempo, sus amigas, Irene, Laura y Lola, que también habían participado con Sara del juego de la ouija, fueron conscientes que Sara se estaba convirtiendo en una chica renovada, aunque no le dieron mayor relevancia que la que tenía.

Un conjunto de conjeturas de sus amigas se fueron confirmando cuando Sara las invitó a participar de otra nueva sesión. Con la llegada de la medianoche, comenzaron como en la anterior reunión a preparar los utensilios que usarían para esta nueva reunión. Sin embargo, Sara sorprendió a las asistentes al ver que sacaba extraños símbolos y los colocaba alrededor de las chicas, aunque   ellas se asustaron y solamente se quedó Lola con ella, las demás marcharon.

A los pocos días, el resto de amigas que no habían intervenido en la nueva sesión de ouija, es decir, Irene y Laura, entendieron que no se trataba de una circunstancia normal, sino que era bastante atípica, al ver que tanto Sara como Lola habían cambiado no solo su manera de vestir, sino también la de relacionarse con el resto de compañeros de facultad e incluso conformaron un nuevo grupo de amistades, que nada tenían que ver con sus respectivas personalidades.

Las chicas decidieron acudir a sus familiares para exponerles el caso, pero cuando llegaron a las casas, el ambiente interior de la familia se encontraba realmente distinto.

A partir de aquel preciso instante, entendieron que la situación se tornaba cada vez más preocupante, acudieron a una iglesia cercana e invitaron a un párroco conocido a que acudiese a la casa de estas personas para que él, resolviera el problema. Aquel hombre entró en una de las casas con un escalofrío recubriendo su cuerpo nada más acceder a la vivienda y cuando salió, sorprendió a las jóvenes porque se había quitado el hábito y vestía vaqueros.